La histórica casa de Palermo abre un nuevo capítulo con la llegada del chef Félix Babini y una carta que se construye desde el producto, se eleva con la técnica y se deja guiar por la estacionalidad. Platos de sabores cercanos que incorporan matices y contrastes en una búsqueda constante y en movimiento, donde cada receta encuentra su propio lenguaje.
En Casa Cavia, la cocina se concibe como un territorio vivo. En ese marco, hoy la casa traza un nuevo camino a través de una carta que vuelve a poner el foco en lo esencial: el producto, la estacionalidad y una cocina que se mueve con sensibilidad y precisión. En este capítulo, la propuesta se apoya en sabores reconocibles que encuentran su identidad en el equilibrio entre técnica y materia prima.
Al frente de este nuevo camino se encuentra el chef ejecutivo Félix Babini (32) , representante de una generación de cocineros que entiende la tradición como punto de partida y no como límite. Formado a los 19 años en el Instituto Argentino de Gastronomía, forjó su oficio en cocinas de exigencia como Alo’s, donde consolidó su base técnica, y expandió su mirada a través de proyectos propios como MAD PASTA y su trabajo en Tres, en José Ignacio. Ese recorrido —que combina cocina, gestión y una fuerte impronta creativa— se traduce en una visión integral que atraviesa no sólo lo que sucede en el plato, sino también el servicio, la dinámica del equipo y la forma en que se comunica la experiencia.
Con el sabor como eje y la estacionalidad como guía, Babini construye una propuesta que cruza lo clásico con lo contemporáneo, lo artesanal con lo experimental. La premisa es clara: un menú versátil, de sabores cercanos y, al mismo tiempo, capaz de sorprender. La carta se apoya en una mayor presencia de vegetales y opciones vegetarianas, el protagonismo de la pasta —sello personal de Babini— elaborada con sémola 100% de grano duro para lograr una textura firme, y una selección de proteínas que amplía el repertorio habitual. Destaca una paleta de sabores donde el picante aparece integrado con equilibrio —ajíes, sriracha casera y mostazas especiadas—, junto a una relación cada vez más estrecha con la huerta propia del restaurante, que aporta hierbas, hojas y aromáticas, todo atravesado por sutiles guiños de inspiración asiática.
Una carta de contrastes y matices
En esta nueva etapa hay una búsqueda por cautivar, desde el cuidado en el emplatado y también desde el juego entre lo conocido y lo inesperado: platos que parten de lo cotidiano pero incorporan matices que despiertan curiosidad y abren nuevas lecturas. Esta carta, disponible para el almuerzo y la cena, se plantea como un punto de partida en constante evolución, que irá transformándose con el cambio de estación y el pulso del producto.
Ese enfoque se expresa en entradas como las ostras, un bocado concebido como un “shot” que abre la experiencia en una reinterpretación del cóctel Paloma, donde se trabaja el tequila con pomelo y lima en una espuma ligera que realza el carácter salino del molusco, se suma cucamelón de la huerta, que aporta acidez y textura, y se termina con sal de togarashi y perlas gelificadas de ponzu. En una línea fresca y levemente picante, se inscribe también el ceviche de hongos ahumados con leche de tigre, palta, apio y cebolla, crema de ají amarillo y maíz cancha. Otros destacados son la tarteleta de remolacha y frutillas deshidratadas, queso de cabra y gel de hibiscus; y el coliflor tandoori con labneh, curry tandoori, ensalada de hierbas, granada y pan naan, cada plato con capas de sabor y una identidad propia.
En los principales, aparecen los cappellacci de calabaza asada con manteca de tomillo y chilli crunch de almendras y amarettis o los tortellini de espinaca rellenos de sesos, espinaca y vino blanco con crema de lemongrass, pistachos y limón curado, que dialogan con la memoria y resignifican sabores de infancia desde una mirada actual. Las pastas conviven con la pesca fresca del día a la plancha con humita, maíz a la plancha y velouté; el ojo de bife con demi-glace y bastones de papas fritas con ketchup asiático; el pollo baby asado con puré de zanahorias, zanahorias tatemadas, sarraceno y miel de naranja, y la ensalada Caesar con hojas verdes, aderezo caesar, conejo confitado, parmesano y croutones.
Los postres, a cargo del chef pastelero Fabio Mandia, cierran el recorrido con composiciones delicadas como el Ispahan, helado de lychee , perlas de tapioca, frambuesa y rosa; helado de miso blanco con chocolate 70 % y sésamo tostado y salsa toffee, o el capuccino irlandés a base de cremoso de café, chocolate con leche, crema ligera de vainilla y salsa Baileys.
Al mediodía (de lunes a viernes), se suma un menú con el plato del día —generalmente una pasta que rota según el producto— acompañado de postre, agua y una bebida a elección —copa de vino, pomelada o limonada—, pensado en clave más ágil, sin perder el espíritu de la cocina.
La propuesta se completa con el ritual de la merienda , (de martes a sábado 16 a 20 h y los lunes y domingos hasta las 19 h), donde la pastelería cobra protagonismo con tortas, cookies, mousses y tartas de estación. El recorrido suma un capítulo salado que amplía el plan: huevos a la plancha con albahaca, shiso, limón curado y sriracha; bruschettas —de palta con crema de sésamo y quinoa crocante, de trucha curada o de temporada con calabazas asadas—, además de sándwiches en pan brioche, chipá relleno y una selección de quesos. Para quienes buscan una experiencia más completa, el Té para Dos o Tres combina scones, petits gâteaux, mini bruschettas, infusiones —con blends de Inés Berton— y copas de espumante.
Detrás de todo el concepto está la mirada de Lupe García Mosqueda, directora creativa de la casa, responsable de convocar y articular talentos para que dialoguen entre sí y dar forma a una experiencia integral: Babini desde la cocina, Mandia en la pastelería, la head bartender Flavia Arroyo al frente de la barra con una coctelería elegante y precisa, y la head sommelier y gerente Delvis Huck, a cargo del servicio y guiando la cava con una selección cuidada al detalle. A este ecosistema se suma Camila Gassiebayle, de Blumm Flower Co, quien afina la dimensión sensorial del espacio con aromas y flores que aportan una textura viva al ambiente.
Todo se desarrolla en una mansión de 1927 inspirada en el eclecticismo francés y diseñada por el arquitecto y artista noruego Alejandro Christophersen, restaurada en 2013 por la arquitecta inglesa Stephania Kallos y hoy parte del Patrimonio Arquitectónico de la ciudad. Entre sus elegantes salones, la cava y el jardín interior —un oasis verde donde la barra se integra con naturalidad— la casa despliega un recorrido donde pasado y presente dialogan en armonía. Allí, arquitectura, arte y gastronomía convergen alrededor de la mesa, dando forma al espíritu que define a Casa Cavia.
